jueves, 15 de diciembre de 2011

Del confinamiento del uso del lenguaje a la ilocución



La noción de locutor se postula desde la emergencia saussureana de la lingüística como una instancia depositaria de una langue que no le pertenece, y de la que se aleja cada vez que realiza un acto de palabra. Posteriormente, el locutor será proclamado, vía sus derechos innatistas, propietario absoluto del lenguaje; algo relativo, ya que su condición de usuario, locutor tal cual, se idealiza, generaliza y universaliza –negación rotunda. Se encuentra muchas veces en la literatura lingüística el reclamo de un locutor en pleno uso del lenguaje; además de un otro que lo acompañe en su hablar al vacío.

La pragmática se ha propuesto como un campo para reivindicar al primer personaje, e instaurarle, a través de un entorno contextualizado, ese co-participante; la pragmática se interesa por definir los principios que “regulan el uso del lenguaje en la comunicación, es decir, las condiciones que determinan el empleo de enunciados concretos emitidos por hablantes concretos en situaciones comunicativas concretas, y su interpretación por parte de los destinatarios” (Escandell, 2003: 16). Considero que la tentativa de este campo no hace justicia al usuario del lenguaje tal cual, ni a su ahora acompañante, pues persiste una tendencia de confinarlo, mediante la normatividad conversacional, en la misma posición de locución, central y constante, en que ha sido confinado por Saussure y Chomsky. La pragmática es un enfoque ilocutario, en lengua, relacionado exclusivamente con un esquema unívoco de contexto de uso conversacional del lenguaje que, incluso con la postulación del alocutor benvenisteano, no captura la dinámica de la interacción verbal, ni la definición necesariamente equitativa de los sujetos del acto de lenguaje. De modo que, encuentro la propuesta de trabajar con actos de habla, proposiciones o “enunciados” inaplicable al estudio de los productos discursivos sociales, materia prima de un analista del discurso. A continuación señalaré, brevemente, tres puntos de distanciamiento que deben tenerse en cuenta si como investigadores pensamos posicionarnos en el campo interdisciplinario del análisis del discurso.

Un primer aspecto es el reduccionismo sobre el término “enunciado”, y sobre la relación entre el hablante y su destinatario; hechos que  restringen en mucho el aspecto activo del lenguaje. La teoría de los actos de habla, por ejemplo, sugiere que hablar es hacer y que cada enunciado está dotado de una intencionalidad que persigue de algún modo tener alcance sobre un destinatario. Si bien el acto de habla se constituye inherentemente de tres dimensiones, locutiva, ilocutiva y perlocutiva, el término enunciado es entendido ahí como la realización física de una oración en acto locutivo. Supone sí, gracias a su dimensión ilocutiva, un destinatario; pero es un hecho que sólo lo supone, ya que no necesariamente el enunciado, ni su fuerza ilocutiva, terminan en el destinatario (sólo se tiene la intención). Es posible sí, que la perlocución ocurra. A pesar de ello, ésta tampoco determina por sí misma ninguna clase de interacción comunicativa. Así que, suponiendo incluso que las condiciones de realización del enunciado fueran las adecuadas y éste resultara afortunado, entonces ahí mismo se cumpliría la teoría y todo terminaría porque no se plantea en ningún modo alguna operación “burbuja”, que como en los video juegos permita ‘continuar jugando’ (volver a empezar). Operación que además tiene la fortuna de que no se pierden los puntos ganados; es decir, no se recomienza el juego, sino que se está continuando (recuerdos de mis días de estudiante informático). Los actos de habla no pueden tener puntos previos, ni acumular puntos. Los enunciados no tienen continuidad. Cada vez que se genera un enunciado, éste emergerá de un hablante dentro de un contexto estético, fotográfico, donde se bautiza un barco o se abre una sesión de un juicio (presuponemos que por ahí anda el destinatario). Al mantener la constante de una instancia de locución que concreta acústicamente oraciones independientes adecuadas a una situación comunicativa, la teoría de los actos de habla se halla confinada a actos de habla individuales. Siendo que la comunicación es una actividad de co-elaboración en la marcha donde los participantes operan interactuando entre diferentes actos constitutivos, y entre el discurso y diferentes contextos (Bajtín 1976; Macovsky 1997).

Resulta de este señalamiento un segundo aspecto que refiere al carácter unidireccional y mecanicista del uso del lenguaje. Un hecho que sugiere preguntarse qué debe entenderse por “el uso del lenguaje en la comunicación”. Dentro del análisis del discurso y la comunicación, al adentrarse en el funcionamiento del lenguaje, es de rigor lingüístico mencionar el trabajo de Jackobson (1960) sobre las funciones del lenguaje, en el cual descentraliza al emisor y lo convierte en uno de los puntos suceptibles hacia el cual el enunciado puede focalizarse (puntos donde le concede además terreno a la figura del destinatario). Sin embargo, es Benveniste quien, superando la dicotomía saussureana langue/parole, introduce una tercera categoría donde el lenguaje se plantea en su aspecto activo: el discurso (hay quienes señalan a Bally (1932). Los enunciados del discurso no son ni oraciones (langue), ni actos de habla (parole), sino actos enunciativos que emergen porque el locutor se apropia de la lengua y la pone en uso, implantando inherentemente ante él un tú alocutor. A saber, cuando un individuo habilita la palabra lo hace dirigiéndose ante una instancia alocutoria, el tú (Benveniste, 1977: t.I, p.175). La propuesta de Benveniste deja ver que, si bien los participantes se definen por una aparente simetría, la interlocución no resulta equitativa ya que una vez actualizada la instancia enunciativa emerge un nuevo sujeto enunciativo yo y por ende una nueva configuración de los demás indicadores deícticos: alocutor, tiempo, espacio, modos, etc.


      “Acontece una cosa singular, muy sencilla e infinitamente importante que logra lo que parecía lógicamente imposible: la temporalidad que es mía cuando ordena mi discurso es aceptada del todo como suya por mi interlocutor. Mi “hoy” se convierte en su “hoy”, aunque no lo haya instaurado en su propio discurso, y mi “ayer” en su “ayer” (Benveniste 1977: t. II, p.79)

Una interacción conversacional, que es la base del uso del lenguaje, no se concreta aquí pues, al fin y al cabo, la lengua sólo posee un sistema de alineación para los indicadores de referencias deícticas: la posición de locutor. Bajo este sentido la instancia de discurso representa tan sólo la evidencia más objetiva de la subjetividad de los usuarios del lenguaje y de su inscripción en sus propios enunciados. Pero al tratar la dimensión de esa individualidad actualizada en la instancia de discurso, el autor está proponiendo que la subjetividad, en tanto que es lenguaje en uso, está fundamentada sobre todo en la condición de alocución; es decir, en la relación establecida dentro de este marco donde el sujeto se define como “ego”. El uso activo del lenguaje se encuentra reducido por Benveniste al yo performativo de Austin, regresando con ello a la función constante de la ilocutividad, donde la polaridad de las personas “tal es en el lenguaje la condición fundamental, de la que el proceso de comunicación, que nos sirvió de punto de partida, no pasa de ser una consecuencia del todo pragmática.” (Benveniste, 1977: t.I, p. 181). Es permisible observar en la oposición locutor/alocutor al menos una consecución temporal, pero es un hecho que no se rompe con la lingüística de la locución, del acto de habla individual.

Un último punto que señalaré es acerca de las limitaciones que encuentro sobre los “principios que regula el uso del lenguaje en la comunicación” (sigo tomando la cita de Escandell), los cuales no pueden ser llevados a una dimensión real del uso del lenguaje, la cual es caótica y se desarrolla en una serie de actos que se constituyen en una base dialógica pluridireccional. El problema se prescribe nuevamente desde la teoría de los actos de habla y el planteamiento del hablante que es construido como en su individualidad como un ente que procesa información por pasos, a saber en vistas de proponer la universalidad de una función ilocucionaria (teoría de la relevancia). Si bien se pretende tratar los actos de habla en “contexto”, la tendencia no concibe que esos actos sean constitutivos de cuerpos discursivos mayores y contextos de significación mayores; como puede ser el caso de una noticia en prensa -corpus con el cual trabajo en mi actual investigación de maestría. La noticia, es un hecho, representa un uso del lenguaje irreducible a actos de habla porque en su totalidad es un cuerpo que responde a una lógica de comunicación diferida donde los significados no se corresponden con intenciones particulares de hablantes u oraciones individuales (posiblemente ni la lógica de la conversación cara a cara se aproxima a eso). Cada fragmento discursivo en la noticia es una acción de significado que definirá una actividad compleja, que es sobre todo colectiva y estructurada por niveles de contextualización y significación. El texto informativo no puede quedarse en un nivel de intencionalidad epistémica o racional bajo ningún principio de cooperación griceano o de otro tipo, pues en sí el uso del lenguaje está determinado por la actividad global de la información. Así por ejemplo, Charaudeau (2006) señala que la finalidad de la noticia es “hacer-saber”, y ese but (propósito) no se halla en el cuerpo discursivo, sino en el hecho de informar, en el juego complejo de la actividad informativa (esto lo asumo yo).

Un cuerpo discursivo, una noticia en prensa por ejemplo, retiene en sí mismo un fin comunicativo (proyecto, meta o contrato, como sea llamado) que se halla imbricado dentro de la lógica de otros fines comunicativos, e inversamente imbrica los suyos mismos. Puesto que es así, podemos suponer que entonces hay innegablemente niveles de imbricación de los fines comunicativos que funcionan en correlación con niveles de contextualización para generar de igual forma niveles de significación. A este respecto refiero a Bateson (1971) quien, retomando de la teoría de la forma la premisa de la percepción punteada, así como los planteamientos de la teoría de la gestalt, propone que los cuerpos de información se conforman de diversos niveles formales de composición, los cuales guardan una relación de composición interna (entre sus unidades formales) y fractal (entre niveles: tanto respecto a los niveles superiores -unidades mayores/composición, como respecto a los niveles inferiores -unidades menores/descomposición ). En ambos niveles, las posibles significaciones de un flujo de información, y en particular de las unidades de datos que lo componen, sólo pueden ser reducidas por el contexto. Para el autor, el contexto de una unidad dada será la gestalt de la que es parte. Al asumir que las gestalten se estructuran jerárquicamente  implica por consiguiente que cada nivel superior  satisface parcialmente la necesidad de una restricción de significado de las unidades en el nivel inferior. Ahora, si bien cada nivel superior puede hacer tal restricción, no es posible suprimir totalmente la ambigüedad pues siempre es latente la posibilidad de nivel mayor de gestalt. De ello resulta relevante la afirmación que hace el autor en el sentido que un conjunto mayor de datos aumentaría la certeza de una interpretación, pero nunca constituyen una demostración (Bateson, 1987: 132). Siguiendo estos planteamientos, considero que necesariamente el paso de los actos de habla pragmáticos a los actos de discurso conlleva un desplazamiento en el foco del contexto a fin de que se permita pasar de la acción individualidad a la inter-acción; y por tanto de la intencionalidad demostrable a la responsabilidad interpretable, como señala Linell, quien refiere que Durati llega a la misma conclusión (Linell, 1998: 211). Se tendría tal vez que definir, de modo como Bateson define para la noción “contexto” y “significación”, una estructuración de fines por nivelaciones paralelas a las gestlaten, donde posiblemente la intencionalidad austiana estaría en el nivel más bajo (pragmático, duro y lingüístico), y el contrato charaudeaudiano en el nivel más alto (de las esferas de actividad social); todo dentro de un continuum que iría de los puramente contextual-semántico, pasando por el co-texto, etc., y hasta lo contextual situacional. Podría ser. Es quizás una dispersa e incolora propuesta, pero apunta a que se uniría el puente entre una pragmática lingüística de la ilocución y una teoría del uso del lenguaje en interacción viviente.

De momento reafirmo lo dicho, encuentro que la pragmática no hace justicia ni al locutor tal cual, ni a su ahora acompañante en lo que el uso del lenguaje conlleva dentro de la práctica concreta. El uso del lenguaje en la comunicación requiere capturarse en la totalidad de una dinámica incesante y plural, donde no se habla de algo ni a alguien, sino que se habla con alguien; entre alguien y alguien. Considero que la comunicación debe ser ante todo el diálogo circular y retroactivo, donde enunciador y destinatario tiene el mismo papel de acción y reacción sin fomento alguno a la “regla” conversacional.

Bibliografía

Bakhtine, M. (1977). Le marxisme et la philosophie du langage, Paris, Les Editions de Minuit.

Bateson, Gregory (1971) “Comunicación”, en Wikin, Y., ed., La nueva comunicación, Barcelona, Kairós, 1987, pp. 120-150.

Benveniste, É. (1997). Problemas de lingúística general I y II. México, Siglo XXI editores.

Charaudeau, P. (2006). “El contrato comunicativo en una perspectiva lingüística: Normas psicosociales y normas discursivas”, en Opción, abr. 2006, vol. 22, no. 49, p. 38-54.

Escandell, M. V. (1993). Introducción a la pragmática, Barcelona, Ariel.

Jackobson, Roman (1960) “Lingüística y poética” en Ensayos de lingüística General, Barcelona, Ariel, 1984, pp. 347-395.

Linell, P. (1994). Approach Dialogue: Talk, interaction and context in dialogical perspectives, Philadelphia, Jhon Benjamins B.V.

Macovski, Michael. (1997). Dialogue and Critical Discourse, Nueva York, Oxford University Press.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Los niveles del análisis lingüístico


Benveniste, Èmile, “Los niveles del análisis lingüístico” [1964], en : ________, Problemas de lingüística general I, Siglo XXI Editores, México, 1976 [1966]; y “La forma y el sentido en el lenguaje” [1967], en idem, vol.II, 1977 [1974]


“Los niveles del análisis lingüístico” es un artículo donde el lingüista francés E. Benveniste analiza los diferentes niveles en que la lengua se estructura y articula formalmente. El autor plantea que la noción de nivel podría dar respuesta a diversas interrogantes en el campo del análisis lingüístico, específicamente: cómo definir y delimitar formalmente un hecho lingüístico, y cuál sería el procedimiento adecuado para hacerlo.

Benveniste propone un procedimiento para definir los niveles del sistema lingüístico, el cual está  fundamentado en dos hechos del lenguaje: tiene la propiedad de ser doblemente articulado y sus elementos son discretos al mantener tanto relaciones distribucionales, como integrativas. Para categorizar los niveles lingüísticos e identificar sus unidades formales, sugiere aplicar un procedimiento distribucional, que consiste en segmentar elementos dentro de una línea enunciativa y consecuentemente verificar su identificación a razón de que admitan, dentro de tal contexto sintagmático, la posible sustitución por otros elementos lingüísticos del mismo paradigma. El autor identifica cuatro niveles de la estructura lingüística: el nivel de los rasgos distintivos, el nivel de los fonemas, el nivel de los signos y el nivel de las frases o categoramas. Durante el proceso de categorización de las unidades de cada nivel, observa que las operaciones de segmentación y sustitución no tiene el mismo alcance sobre cada uno. Así por ejemplo, el nivel de los rasgos distintivos contiene unidades que pueden ser sustituibles, pero no segmentables. Y, de modo contrario, el nivel de frase contiene unidades que pueden ser segmentable,s pero no someterse a la operación de sustitución ya que no son distintivas.

Benveniste observa igualmente que un procedimiento distribucional presenta una limitante metodológica pues no da cuenta de las relaciones que las unidades lingüísticas mantienen con los elementos de otros niveles. A saber, este es un aspecto de vital importancia en la descripción del hecho lingüístico ya que las unidades lingüísticas no sólo mantienen relaciones sintagmáticas y paradigmáticas, sino que además tienen la propiedad de poder ser integrantes de unidades de nivel superior, e inversamente estar compuestas por unidades de nivel inferior, o constituyentes. Una unidad adquiere su formalidad y su valor distintivo, o sentido real, dentro del sistema lingüístico porque puede sostener relaciones de integración -ser identificada como integrante dentro de otra unidad superior. La relevancia de mantener una distinción entre las unidades como constituyentes y como integrantes tiene por tanto importantes consecuencias en la relación forma-sentido.

Benveniste propone que la reducción de una unidad lingüística a sus constituyentes delimita su constitución formal. En modo inverso, la integración de la unidad en un elemento de nivel superior, define su sentido. Ambas propiedades son insolubles en el funcionamiento de la lengua como sistema. A pesar de ello, al igual que las operaciones de segmentación y sustitución, las relaciones de integración y constitución tienen diferente alcance en cada nivel. Así, los rasgos distintivos no están conformados por constituyentes; tan sólo pueden ser definidos como integrantes. Del otro lado, la frase sólo puede ser definida por sus constituyentes, pero no como integrante. Como consecuencia de que la frase no tenga ni la virtud de establecer relaciones de distribución, ni mucho menos de funcionar como integrativa, Benveniste la ubicará en el dominio del uso de la lengua; es decir, fuera del sistema. La frase, dice, cumple sólo una función proposicional; sea esto, ser predicado. Y esa es una propiedad fundamental, no una unidad distribucional ni constitutiva; por tanto la frase pertenece al terreno del discurso.

En el artículo de “La forma y el sentido en el lenguaje”, Benveniste profundiza en el análisis de las nociones de sentido y forma. Partiendo de la idea de que el lenguaje es, más que un instrumento de comunicación, un medio de elaboración de la significación, el autor desarrolla una discusión sobre el concepto de signo concebido como unidad semiótica. Esta unidad, señala, encierra una doble relación con el sistema lingüístico: por un lado, el signo es significante; y por el otro, participa en un orden semiótico, es decir, significa. Desde esta perspectiva el signo debe ser categorizado tanto por su forma, como por su sentido. Como significante, el signo posee la posibilidad latente de su materialidad expresable. Esta posibilidad es pertinente en tanto que cumple la función de hacer al signo una unidad distintiva dentro del sistema. Por su parte, el signo como sentido se construye en la red de relaciones y oposiciones paradigmáticas en las que éste participa dentro del sistema. En general, tanto como forma significante, o como sentido, el signo se satisface necesariamente en la identificación que obtiene dentro de la lengua. Siguiendo esta caracterización, Benveniste reafirma el hecho de que los signos se ubican al interior de la estructura lingüística.

La segunda discusión que Benveniste desarrollo gira en torno a la definición del estatus de la frase. La frase es un hecho lingüístico que se ubica en el uso del lenguaje. Siendo así, la frase obtiene su sentido necesariamente en la particularidad en que es usada y dentro de una situación específica de enunciación. La propuesta de Benveniste apunta a diferenciar dos dimensiones del lenguaje. Indica que, por un lado, la semiótica concierne a la dimensión de lo signos. Mientras que, por el otro, la semántica concierne a la dimensión de la frase (p. 225-228). Para el autor la semántica es en sí la actividad lingüística puesta en marcha donde los signos se desprenden de su aspecto conceptual y genérico para devenir ‘palabra’ articulada a merced del hablante, quien finalmente busca comunicarse en su experiencia propia (sus ideas) a través de un mensaje.

Citas:
“La noción de nivel nos parece esencial en la determinación del procedimiento de análisis. Sólo ella es adecuada para hacer justicia a la naturaleza articulada del lenguaje y al carácter discreto de sus elementos” (Tomo I, p. 118).

“Tal es, en pocas palabras, el método de distribución: consiste en definir cada elemento por el conjunto de los alrededores en que se presenta, y por medio de una doble relación, relación del elemento con los demás elementos simultáneamente presentes en la misma porción del enunciado (relación sintagmática); relación del elemento con los demás elementos mutuamente sustituibles (relación paradigmática)” (Tomo I, p.119).

“Podemos formular pues las definiciones siguientes:
La forma de una forma lingüística se define como su capacidad de disociarse en constituyentes de nivel inferior
El sentido de una unidad lingüística se define como su capacidad de integrar una unidad de nivel superior” (Tomo I, p. 125)

“La lengua tiene dos maneras de ser lengua en el sentido y en la forma. Acabamos de definir una, la lengua como semiótica; hay que justificar la segunda, que llamamos la lengua como semántica “ (Tomo II, p.226).

“El sentido que ha de ser portado o, si se quiere, el mensaje, es definido, delimitado, organizado por la mediación de las palabras; y el sentido de las palabras, por su parte, es determinado por la relación con el contexto de la situación “ (Tomo II, p. 229)

La sujetividad en el lenguaje


Benveniste, Èmile, “La naturaleza de los pronombres” [1956], y “De la subjetividad en el lenguaje” [1958], en : ________, Problemas de lingüística general I, Siglo XXI Editores, México, 1976 [1966]. y “El lenguaje y la experiencia humana” [1965] , en idem, vol.II, 1977 [1974].


En estos artículos Èmile Benveniste desarrolla los fundamentos del fenómeno de la subjetividad en el lenguaje. La idea principal resume que el lenguaje contiene categorías lingüísticas que permiten a los usuarios del lenguaje construirse como sujetos discursivos e inscribirse dentro de sus propios enunciados. El autor identificará algunas de estas categorías y analizará cómo se manifiesta la subjetividad del hablante.

Existen en el lenguaje ciertas categorías que, si bien se hallan en los inventarios de las lenguas, su estudio y descripción sólo es posible definir a través del uso propio del lenguaje. Estas categorías discursivas sirven como indicadores de la subjetividad de los usuarios del lenguaje ya que les permiten no sólo construirse dentro de una situación de alocución en relación a los otros, sino además dimensionar el espacio, el tiempo y la ubicación de los objetos a partir de su experiencia. Formalmente las categorías discursivas son diferentes a otras categorías gramaticales; aunque lo que en realidad marca una diferencia son sus particularidades pragmáticas. Los pronombres yo y tú, por ejemplo, organizan su referencia en torno a una situación concreta de alocución. Ahí, yo se refiere al locutor y tú se refiere a alocutor. Del mismo modo, los adverbios de temporalidad organizan su referencia a partir del presente marcado por el acto mismo de anunciación; dentro del cual el presente se refiere y actualiza a todo momento de habla. Este proceso en el que una categoría gramatical establece su referencia por asociación a la instancia de discurso actual es llamada deixis. En este caso, la unidad discursiva cumple una función de indicador; así, y yo son indicadores que refieren a las posiciones de persona inherentes del acto de alocución. Otras categorías como los pronombres demostrativos, algunos adverbios de lugar o tiempo, las desinencias verbales de tiempo, o ciertos verbos modales y verbos de ‘palabra’ conjugados en primera persona cumplen igualmente funciones deícticas; es decir, establecen su referencia por asociación a la presente instancia de discurso, la cual contienen el indicador de persona yo.

Benveniste señala que estos elementos categoriales se destacan por no tener una referencia fija en la realidad material, sino por actualizarla ante cada nueva instancia de discurso. Cada vez que un individuo hace uso del lenguaje se instituye como yo, inherentemente implanta ante él un . Y al mismo tiempo se alinean los indicadores de tiempo y espacio a esa producción discursiva. Así, en el aspecto relativo de la situación de enunciación, surge el sujeto enunciativo dando sentido a su experiencia subjetiva dentro de un marco de intersubjetividad donde asume la lengua por cuenta propia. Con ello Benveniste concluye que el lenguaje no es únicamente un sistema de signos; queda de manifiesto que es ante todo el principal recurso de la construcción subjetiva.

Al tratar la dimensión de esa individualidad actualizada en la instancia de discurso, el autor afirma que la subjetividad, en tanto que es lenguaje en uso, está fundamentada sobre todo en la condición dialógica de la situación de alocución; es decir, en la relación establecida dentro de este marco donde el sujeto se define como “ego”. A saber, cuando un individuo habilita la palabra lo hace dirigiéndose ante una instancia alocutoria, el , alternando recíprocamente la instancia de producción discursiva donde el locutor pasa a ser alocutor y el alocutor el locutor. Benveniste señala que si bien las partes se define por una aparente simetría, la relación no es equitativa ya que una vez actualizada la instancia enunciativa emerge un nuevo sujeto enunciativo yo y por ende una nueva configuración de los demás indicadores: alocutor, tiempo, espacio, modos, etc. Al fin y al cabo, la lengua sólo posee un sistema de alineación para los sistemas de referencias deícticas: la posición de locutor. Bajo este sentido la instancia de discurso representa la evidencia más objetiva de la subjetividad de los usuarios del lenguaje y de su inscripción en sus propios enunciados.


Citas


“La importancia de su función [de las formas “pronominales”] se medirá por la naturaleza del problema que sirvan para resolver y que no es otro que el de la comunicación intersubjetiva. El lenguaje ha resuelto este problema creando un conjunto de signos “vacíos”, no referenciales por su relación a la “realidad”, siempre disponibles, y que se vuelven “llenos” no bien un locutor los asume en cada instancia de su discurso” (Tomo I, p.175)


"El lenguaje no es posible sino porque cada locutor se pone como sujeto y remite a sí mismo como yo en su discurso. En virtud de ello, yo plantea otra persona, la que, exterior a todo “mí”, se vuelve mi eco al que digo tú y me dice tú. La polaridad de las personas, tal es en el lenguaje la condición fundamental, de la que el proceso de comunicación, que nos sirvió de punto de partida, no pasa de ser una consecuencia del todo pragmática.” (Tomo I, p. 181)


“Acontece una cosa singular, muy sencilla e infinitamente importante que logra lo que parecía lógicamente imposible: la temporalidad que es mía cuando ordena mi discurso es aceptada del todo como suya por mi interlocutor. Mi “hoy” se convierte en su “hoy”, aunque no lo haya instaurado en su propio discurso, y mi “ayer” en su “ayer” (Tomo II, p.79)


“Hay enunciados de discurso que, a despecho de su naturaleza individual, escapan a la condición de persona, o sea que remiten no a ellos mismos, sino a una situación “objetiva. Es el dominio de lo que se denomina la “tercera persona” (Tomo I, p. 176)


martes, 30 de noviembre de 2010

Wikileaks y el turno de reflectores a México

El internet y el periodismo hoy en día van de la mano, pero no son lo mismo: existen distinciones. El funcionamiento de los sitios de información periodística demuestra que cuando la gente quiere informarse no va directamente al internet, sino que busca los sitios de información periodística. Y, ¿qué es lo que va a buscar?, la organización de la información, que es la que permite entender los acontecimientos. Es la que permite, a través de una toma de responsabilidad, distinguir al periodista de los infiltradores anónimos que circulan en la red; que aunque son divertidos para quienes les pone atención, no atribuyen, contrario a la noticia, un significado.

Podemos decir por mucho que el periodismo es la búsqueda de sentido, la búsqueda de significado. En ello radica la sobrevivencia del periodismo, sin importar las formas en que la tecnología lo permite. La revolución tecnológica que se vive actualmente está cambiando la forma de hacer noticia, pero la sustancia, que es ésta, se mantiene. El planteamiento es claro, en Wikileaks hay más de 250 millones de palabras, de las cuales se habrá seleccionado una mínima parte.

La selección es hecha bajo dos criterios periodísticos: uno regido por un supuesto de democracia: se necesita atraer la atención del ciudadano –en este caso más del ciudadano que del lector (“que todos sepan algo, que todos lo conozcan”). Ha escrito el director de El País “no somos un mundo al servicio del gobierno”, pero al mismo tiempo los diarios están en el mundo como instrumentos de la democracia, por usar una palabra muy amplia. Bajo ese supuesto deben los diarios asumir una responsabilidad, que es el segundo criterio. Es responsabilidad de los diarios acudir a las instancias de gobierno y decir “he seleccionado de ese material en bruto los siguientes argumentos con los que pretendo informar a mi lector, concedo la legitimidad para excluir los nombre de personas que estén expuestas a peligros físicos. Se ha aplicado el ejercicio de la responsabilidad. Esto es lo que distingue al periodismo: dar la noticia de un modo responsable.

El periodismo no es una película que se regresa. La portada no es la velocidad del acontecimiento ni independiente al contenido dentro. El periodismo está dentro y se distingue por las funciones que exige la actividad: seleccionar, jerarquizar y asumir la responsabilidad de lo que se hace. Esta es la diferencia entre Wikileaks, cuyo material es lanzado sobre las espaldas del mundo de la información.

sábado, 5 de junio de 2010

Semiosis de lo ideológico y del poder


     La materialidad del sentido articula la dimensión práctica de la organización social con la pluralidad discursiva, textual e interpretativa. Las posibilidades que se abren son, justamente, infinitas, ya que no escatiman territorios en la búsqueda de elucidaciones de la construcción de sentido. Es posible, de este modo, explorar los imaginarios sociales contemporáneos sin perder la dimensión analítica de la ideología y del poder, los cuales dejan de ser "entidades abstractas" y se convierten en estrategias, discursos hechos prácticas, que se materializan en diversos dispositivos, disciplinarios o de control (en Foucault), incorporados.

     Verón, Eliseo. Semiosis de lo ideológico y del poder.    Universidad de Buenos Aires (UBA), Facultad de Filosofía y Letras (Serie Cursos y Conferencias), Buenos Aires, 1995, pp. 11-38 (original en francés, en Communications Nº 28, 1978).



Eliseo Verón aborda en este artículo una síntesis apretada de sus aportes originales al campo de la semiología. El énfasis está situado sobre dos dimensiones de análisis: la ideología y el poder. En sucesivos "paquetes" significantes, el autor hilará sus argumentaciones en un tejido discursivo denso que intentaremos desglosar evitando, por un lado, enredarnos en la trama y, por el otro, estirar demasiado la madeja.


Siendo fieles a la propuesta del autor debemos remitirnos a las condiciones de producción de este texto. Publicado en París en 1978 en la revista Communications, en un número dedicado a las ideologías, los discursos, y el poder; en el artículo, Verón plantea su alejamiento del estructuralismo binario de Saussure para incorporar la semiosis ternaria de Charles Sanders Pierce. Aunque esta tesis la desarrolla en profundidad en su texto Fondations (Verón, 1993), el autor recurre a ella constantemente en el texto como veremos más adelante.


La semiología de Verón destaca por su vocación translinguística. En efecto, una vez que ha superado la concepción inmanentista del lenguaje (que él atribuye a la «primera semiología» enraizada en la lingüística de Saussure); se aboca a la cuestión de la producción de sentido. El sentido no es ya una propiedad abstracta que radica en la lengua, sino es constitutivo de la materialidad del trabajo social, vale decir, de las prácticas humanas. Ahora bien, esta materialidad del sentido sólo puede hallarse en materias sensibles que son investidas -a través de la práctica- en materias significantes. Este es el orden del discurso para Verón, uno plural donde la «discursividad es un proceso de espaciotemporalización de la materia lingüística»; es decir, donde el único momento fijo es aquel que «enviste» el sentido en un tiempo y en un espacio dados, irrepetibles, inscripto en el flujo infinito de los procesos discursivos (pp.13 y 22). 


El análisis prosigue, luego, con la presentación de un modelo de sistema productivo aplicado a los fenómenos de sentido. Este modelo, en el que se distinguen en primera instancia: producción, circulación y consumo; queda establecido, finalmente, mediante el reemplazo del último término, en los tres momentos claves de la producción,la circulación y el reconocimiento. La importancia de este modelo de análisis radica en que el sentido no puede ser "capturado" por instancia alguna; de este modo, el sentido producido y las condiciones de producción representan un movimiento dialéctico. Verón pone el acento en la superación del esquema "base/superestructura", al señalar que el «sentido se encuentra en todas partes». No hay más base "no significante", ni tampoco "significado superestructural".


El carácter operacional de este modelo muestra su potencial heurístico al poner en marcha la circulación de sentido de forma no lineal. La materia significante posee marcas, que corresponden a propiedades no unívocas relativas a sus condiciones de producción o de reconocimiento. Son, de algún modo, caminos trazados en el orden discursivo que señalan el paso, no su destino ni su origen. Las huellas, por otro lado, corresponden a la inscripción en la historia de las marcas, y proporcionan, por lo tanto, la ruta específica que enlaza condiciones de producción (o reconocimiento) con una propiedad significante. Mas en términos metodológicos, no es posible evidenciar las huellas de la circulación; esta sólo señala la separación y el movimiento entre los dos momentos. De aquí se desprende que se pueda hablar de dos tipos de «gramáticas»: «gramáticas de producción» y «gramáticas de reconocimiento». Ambas nunca se corresponden término a término sino que se intercalan sucesivamente en el proceso discursivo que permite la circulación social del sentido. Es posible, entonces, reconstruir la historia social de los textos, trazar una gramática de sus condiciones de producción, así como una serie gramáticas de reconocimiento atestiguadas por sus efectos visibles en otros textos.


Llegamos ahora a la cuestión primordial de la ideología y del poder. El primer obstáculo para Verón es demostrar que la noción de ideología ha sido reificada como superestructura por el marxismo. Se propone, por lo tanto, a partir de la evidencia de una contribución crucial de Marx, a saber: que todo producto lleva las huellas del sistema productivo que lo ha engendrado, aunque sean invisibles; desmitificar la ideología de sus diversos epítetos y tergiversaciones, y acertar con una dimensión analítica de lo ideológico y del poder.


De modo sintético el autor asevera: «lo ideológico es el nombre del sistema de relaciones entre un conjunto significante dado y sus condiciones sociales de producción». El asunto, helo aquí, es una gramática de las condiciones de producción que permita explicar las relaciones de una materia o "paquete" significante dado, en su historia particular. Recíprocamente del lado del reconocimiento, cuando enfrentamos los «efectos de sentido de un conjunto significante dado… enfrentamos la cuestión del poder». La noción de poder nos remite entonces a las gramáticas del reconocimiento social.


Asimismo, en tanto que «todo discurso social está sometido a condiciones de producción determinadas», es posible distinguir con relación a los efectos de sentido: el «efecto de cientificidad» y el «efecto ideológico». Estos efectos, como hemos visto, corresponden a gramáticas de reconocimiento, vale decir, remiten al poder de sus discursos, pero ambos son ideológicos en producción. El «efecto de cientificidad» es producto de la referencia a lo «real» que explícitamente evidencia sus condiciones de producción; por el contrario, el «efecto ideológico» es la negación de toda referencia, el discurso absoluto y autosuficiente (p.29).


En suma, si el «sentido está en todas partes», así como lo ideológico y el poder, la semiosis está investida en cualquier forma de organización social. De la concepción triádica del signo de Pierce (signo-objeto-interpretante), Verón retoma el vértice del discurso poniendo en juego el sentido ante su «otredad». Es a partir de un análisis heterónomo que el sentido puede emerger mediante su triangulación con las condiciones de producción, circulación y reconocimiento.


Para el final Verón nos deja unos apuntes sobre la noción de sujeto. En el «punto de pasaje de las reglas operatorias de la producción y del reconocimiento» el sujeto se manifiesta independientemente de su «conciencia» respecto del sentido. No obstante, él no es un medio «transparente», sino una fuente de compulsiones «que definen su funcionamiento en tanto "sujeto"» (p.35).


El texto ha condensado, quizás de forma algo forzosa, las principales argumentaciones de Verón respecto a la semiología. Situados en contexto, debemos destacar el hecho que nuestro autor, en forma temprana para su época, asumió una posición teórica definida frente a diversas corrientes de pensamiento. En primer lugar, como ya hemos señalado, cuestiona el estructuralismo lingüístico saussuriano, especialmente su Curso de lingüística general. A la par, revitaliza la teoría del signo de Charles Sanders Pierce, desarrollando su semiosis triádica. En segundo término, asumiendo el materialismo y valorando la tradición marxista, al mismo tiempo, cuestiona el dogmatismo en lo que denomina la "reificación" de sus conceptos. Tal panorama ya nos indica que Verón es un intelectual comprometido con su tiempo; sus trabajos ulteriores sobre la comunicación social lo ratificarán.


Considero de particular importancia la cuestión de la materialidad del sentido, puesto que articula la dimensión práctica de la organización social (del mismo modo que Michel de Certeau la aborda en la "La invención de lo cotidiano. Maneras de hacer"), con la pluralidad discursiva, textual e interpretativa. Las posibilidades que se abren son, justamente, infinitas, ya que no escatiman territorios en la búsqueda de elucidaciones de la construcción de sentido. Es posible, de este modo, explorar los imaginarios sociales contemporáneos  sin perder la dimensión analítica de la ideología y del poder. Entroncamos, entonces, con la segunda cuestión a relevar. El poder y la ideología no son ya "entidades abstractas" sino estrategias, discursos hechos prácticas, que se materializan en diversos dispositivos, disciplinarios o de control (en Foucault), incorporados.


Un tercer aspecto interesante es la congruencia que una metodología como la que esboza Verón pueda tener con el método etnográfico en lo referente al análisis de contenido. Baste señalar al respecto dos aspectos: la utilidad analítica de la diversidad de materias significantes («paquetes» significantes) y la importancia de la triangulación en la verificación de hipótesis (discursos).


Queda en falta, por último, una elaboración más acuciosa del lugar del sujeto en esta trama semiótica que Verón intenta articular en la diacronía de los procesos discursivos. El devenir histórico sin duda tiene un rol crucial en ello.




Bibliografía complementaria


Verón, Eliseo. Remarques sur l’idéologique comme production du sens. Sociologie et sociétés, vol. 5, n° 2, 1973, p. 45-70.


Verón, Eliseo. La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad. Gedisa, Barcelona, 1993.