martes, 10 de julio de 2012

La educación intercultural en el marco del respeto a la diversidad cultural



Resumen: En este ensayo se definen los conceptos de diversidad cultural y educación intercultural y se ofrece una lectura de la relación que guardan, en modo general, dentro de los planteamientos de la interculturalidad. Se hace referencia a la realidad heterogénea de las sociedades contemporáneas y a la necesidad que afrontan de contar con enfoques, procesos y mecanismos que favorezcan la convivencia cultural en un marco de reconocimiento y respeto a la diversidad. Se destaca la educación intercultural como propuesto para afrontar la diversidad cultural en el ámbito de la educación, así como su importancia en la construcción de dichos espacios de convivencia.


El tema de la diversidad cultural y la educación intercultural tienen hoy una pertinencia social, académica y política impulsada por diversos movimientos de reivindicación cultural que han abierto, desde mediados del siglo XX, una discusión acerca de las políticas de asimilación cultural impuestas en diversos países a los grupos culturales minoritarios, y más recientemente, sobre la necesidad de proteger la diversidad cultural ante la eventual amenaza de los procesos de globalización económica, política y cultural (Corona y Barriga, 2004; López, 2001; Muñoz, 2002).
Jarochas de Chacalapa, Ver.
La diversidad cultural es un concepto que se refiere a la totalidad de formas en que la cultura se manifiesta y materializa como rasgos identitarios en cada uno de los diversos  grupos y sociedades humanas (UNESCO, 2002). Esta definición se basa en una perspectiva donde la diversidad cultural se concibe como una realidad que existe independientemente de la valoración de los sujetos, en la cual todas las culturas tienen condiciones equitativas para su desarrollo y en conjunto representan un valor para la sociedad, que debe ser considerado por todos los miembros que en ella coexisten (OREALC-UNESCO, 2005).
A partir de esta base conceptual, la diversidad cultural se ha abordado bajo diferentes perspectivas, una de ellas es la interculturalidad (Cfr. Hamel, 2001; Ortega, 2011; Tejerina, 2011). Esta orientación cultural concibe a la diversidad en situaciones donde la pluralidad de valoraciones, puntos de vista e ideas de los sujetos y grupos son incorporados en una relación en la que todos reconocen y asumen las diferencias culturales como una ventaja y un recurso que permiten el desarrollo y enriquecimiento de las sociedades en su conjunto. Esta determinación no niega la desigualdad cultural y las relaciones de dominación bajo las que conviven las personas y los grupos de las sociedades plurales. El conflicto y el enfrentamiento se entienden como parte inherente del encuentro cultural, pero desde esta perspectiva, el conflicto intercultural reconoce además que todas las culturas:
…cuentan con el potencial para extenderse a nuevos ámbitos y apropiarse de los recursos necesarios para ello. Es decir, todas las culturas no sólo poseen los elementos específicos que explican y orientan su mundo propio, sino también los universales que permiten acceder a otras culturas y a aquellos conocimientos y técnicas que se consideran comunes a todas las culturas (Hamel, 2001: 50).
Aguado (1991) considera que la interculturalidad, más que a situaciones, hace referencia a procesos dinámicos que derivan de la convivencia de culturas diferentes en el seno de una misma sociedad, los cuales requiere ser gestionados para evitar y dar solución a los conflictos que de ellos pudieran resultar. En esta misma línea, Tejerina (2011), describe la interculturalidad como un proceso donde los participantes son impulsados positivamente a afirmar su cultura y a desarrollar habilidades que les permitan mayor sujeción a partir de reconocer la desigualdad y el conflicto. Ambas autoras plantean que la interdependencia se convierte en una base para la adquisición de los conocimientos de las otras culturas, mientras que el conflicto intercultural propicia el enriquecimiento mutuo, la inclusión y el diálogo; la otredad en este caso, constituye un recurso básico de la democracia cultural (Ortega, 2011:41).
 En este marco, el ámbito educativo se vuelve un espacio de vital importancia para abordar la diversidad cultural porque es un medio donde los participantes pueden desarrollar y ejecutar procesos que les permitan enriquecerse al asimilar puntos de vista, experiencias y conocimientos del otro, mientras interactúan entre sí. El paradigma de la educación intercultural concibe la escuela como un entorno que refleja las condiciones interculturales de la sociedad, pues como señala Aguado (1991: 94):

El medio escolar como totalidad es un sistema integrado por un número de factores identificables, tales como las actitudes y valores del personal, los procedimientos y estrategias de la evaluación, el currículum y los materiales de enseñanza. En este medio escolar intercultural cada una de esas variables refleja la igualdad social, cultural y étnica.
Niños nahuas del sur de Veracruz
En este sentido, la educación intercultural se plantea como un enfoque que aborda la diversidad cultural a partir de un modelo de respuesta educativa que integra programas y acciones diseñados e implementados para que los alumnos aprendan a adquirir y desarrollar los conocimientos, habilidades y actitudes necesarios para funcionar efectivamente en una sociedad heterogénea. Para su consecución, su principal reto es desarrollar propuestas basadas en el principio de reconocimiento mutuo y en el diálogo crítico y multidireccional, pues sólo así se podrá consolidar una convivencia que permita establecer relaciones culturales igualitarias que trasciendan la coexistencia y construyan ambientes de cooperación, valorización y respeto a la diversidad cultural (Schmelkes, 2004). Las experiencias de aplicación de la educación intercultural son muy recientes y ha planteado nuevos debates sobre los conceptos, paradigmas y enfoques aquí abordados. Es por ello que el enfoque no puede ser considerado como terminado, sino en proceso de consolidación (Cfr. Corona y Barriga, 2004; Ortega, 2011; Schmelkes, 2004).

Bibliografía

Aguado, M. Teresa (1991). “La educación intercultural: concepto, paradigmas, realizaciones”, en Jiménez, M. del Carmen (Coord.)(1991), Lecturas de pedagogía diferencial, Dykinson, Madrid, pp. 89-104.
Corona, Sarah y Rebeca Barriga (Cords.)(2004). Educación indígena. En torno a la interculturalidad,  Universidad de Guadalajara/Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco/Municipio de Zapopan, Guadalajara.
Hamel, R. Enrique (2001). “Políticas del lenguaje y educación en México”, en Bein, Roberto y Born, Joachim (eds.)(2001), Políticas lingüísticas. Norma e identidad, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, pp.143-170.
López, Enrique (2001). La cuestión de la interculturalidad y la educación latinoamericana,  documento de trabajo presentado al Seminario sobre prospectivas de la Educación en la Región de América Latina y el Caribe, organizado por la Oficina Regional de Educación de la UNESCO, Santiago de Chile, 23/25 de agosto de 2000.
Muñoz, Héctor, et al. (2002). Rumbo a la interculturalidad en educación, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa/Universidad Pedagógica Nacional/Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, México.
Ortega, E. Hilda (2011). Fortalecimiento etnolingüístico en México. La estrategia intercultural desde el discurso universitario mazahua, Editorial Académica Española, Saarbrücken.
Tejerina, Verónica (2011). “Diversidad cultural, educación intercultural y currículo”, en Guevás, Aparicio (Dir.)(2011). Interculturalidad, Educación y plurilingüismo en América Latina, Pirámide, Madrid, pp. 67-86.
Schmelkes, Sylvia (2004). “La educación intercultural: un campo en proceso de consolidación”, en Revista Mexicana de Investigación Educativa, enero-marzo, año/vol. 9, número 020, COMIE, México, pp. 9-13.
UNESCO (2002). Declaración Universal sobre la diversidad cultural, Serie sobre la Diversidad Cultural, número 1, Representación de UNESCO en Perú, San Borja.
UNESCO (2005). Diversidad cultural. Materiales para la formación docente y el trabajo de aula, Vol. 3, OREALC-UNESCO, Santiago de Chile.
*Fotos: 

jueves, 31 de mayo de 2012

El método comparatista


Lingüística histórica - Tópicos del Curso de Lingüística Histórica
El método comparativista

Saussure postuló en su Curso de Lingüística General (1985) la que el estudio de la ‘langue’  debería abordar el lenguaje en un momento dado (sincrónico) y en su dimensión histórica (diacrónico). A esta segunda forma de aproximación al estudio de la lengua es la llamada lingüística histórica,  un área disciplinar que se dedica al estudio de las diferencias, a lo largo del tiempo, de una misma lengua, es decir, de su diacronía. El enfoque no sólo se ocupa del cambio lingüístico en las lenguas naturales, sino que  existe un interés por establecer los principios generales que los motivan: sean estos factores internos o externos los que generen los procesos de cambio. El estudio comparativo diacrónico metodológicamente (1) establece los cortes sincrónicos de estados de lengua que han de compararse, estableciendo un E1 que va hasta un En. Posteriormente, cada uno de los estados deben (2) describirse sincrónicamente para entonces proceder a la (3) comparación.
Genealogía del Indoeuropeo
Los primeros en dedicarse a hacer comparaciones de los elementos gramaticales y en precisar las semejanzas léxicas entre diversas lenguas fueron los filólogos. En un afán de  reconstruir el indoeuropeo, por ejemplo, W. Jones (1967) descubrió una afinidad entre las lenguas griega, latina y el sánscrito, la cual supuso que no era casual, por lo que planteó la idea de un origen común. A partir de entonces emergió un interés por reconstruir los estados de la lengua, dando inicios a la gramática comparativa (Rasmus Rask 1814, Franz Bopp 1816, F. Schelegel 1808, Jacob Grimm1822). Uno de los primeros problemas a los que se enfrentó la corriente fue poder asegurar con rigor hasta que punto la semejanza en las lenguas era resultado de un parentesco y no de un préstamo lingüístico. Como respuesta, se crearon elementos de comparación basados en el estudio del vocabulario básico central de las lenguas, enfatizando la referencia a elementos más estables de una lengua.  Como resultado se concluyó que todas las lenguas estaban a merced del cambio lingüístico, y que este se da en el habla y no en la lengua.
Muy pronto los comparatistas lograron hacer un cuadro de parentescos y relaciones entre las lenguas europeas usando el método llamado comparativo, con lo que pudieron trazar grandes líneas evolutivas del cambio lingüístico. Con estos trabajos la lingüística se acomodaba frente el fervor de las corrientes evolucionistas del momento, y se enfilaba al descubrimiento de las semejanzas gramaticales entre el sánscrito y otras lenguas. Al trazar las grandes líneas comparativas que marcaban la evolución a grandes rasgos, los filólogos sólo lograron establecer leyes que rigen las irregularidades del cambio lingüístico, pero no llegaron a explicar las excepciones.
En 1822 Jacob Grimm, siguiendo la propuesta de Rasmus Rask, hizo un estudio de comparación entre las lenguas germanas y  el griego, latín y sánscrito. Se dio cuenta de que el sonido [f] de las lenguas germánicas tenía una correspondencia [p] en las otras lenguas. También observó que el sonido [b] tenía un correspondiente [b], y los sonidos germánicos [θ y d] tenía un correspondiente [t] en las otras lenguas. Grimm pensó en la existencia de una mutación fonética de la que: [bh,dh,gh : b, d, g], [b,d,g : p, t, k] y [p,t,k : θ, h]; a la definición que Grimm hace de la mutación fonética se le llamó Ley de Grimm, la cual supone que aunque haya un valor de ley, hay excepciones a la ley y por eso muchas palabras quedan inalteradas.
Son los ‘junggrammatiker’ (H. Paul 1880, W. Scherer 1875) quienes propondrán que si todo cambio está regido por leyes, no vale sólo explicar las semejanzas, sino que hay que explicar también las excepciones al cambio. No puede haber excepciones a los cambios lingüísticos, pues todo cambia y, por tanto, todo cambio  debe ser explicado. Verner (1872) señalará que las excepciones a la Ley de Grimm no son irregulares, sino que son regularidades que se explican con otras leyes. Argumenta que habrá excepciones que no respondan a las leyes del cambio pero sí a otras, eso sólo indica que tales leyes operaron en momentos diferentes, por ello las diferencias (como en [lat. ‘rufus, ruber’]).
El trabajo de los neogramáticos intentó establecer con la formulación de leyes comparativistas un orden en la relación del cambio lingüístico y la cronología, a fin de abarcar semejanzas y excepciones. Recurriendo a las nociones de préstamo y analogía, se buscó establecer leyes que explicaran el por qué de las irregularidades de cambio. Por un lado, se postuló que toda  ley tiene un tiempo de funcionamiento, y después de la vigencia de la ley se puede hablar de préstamo. El préstamo llega, por tanto, en un momento posterior, cuando la ley ya no tiene vigencia. Por otro lado, la analogía marca la tendencia regularizadora que tienen las lenguas  de construirse en formas a partir de un modelo. Se reconoce que la analogía es la responsable del cambio, un factor importante en la decadencia de la lengua que muchas veces interfiere con la evolución esperada en el desarrollo de la lengua [como en lat. ‘genus-generis’, ‘flos-floris, ‘mos-moris’, ‘honor, honoris’]. Se concluye que las leyes del cambio lingüístico no tienen excepción, si una palabra no sigue la ley es porque ésta ha dejado ya de funcionar, o porque hay otras leyes para hacer explicaciones.
Otro de los aportes de la corriente comparatista fue dotar a la lingüística de una tarea explicativa: no se trata solamente de comparar y describir el cambio, sino de encontrar sus causas. Se estableció consenso en que:
 a) Las únicas causas pueden encontrarse en la actividad de los hablantes, porque son los hablantes quienes usan la lengua.
b) Para lograr las causas del cambio lingüístico no se debe estudiar las causas que se extienden en un periodo límite, es preferible analizar estados de lengua no muy distantes.
c) La primera causa de cambio responde a razones de tipo articulatorio. Cada cambio tiene una razón fisiológica, pues todo sonido tiene una articulación que cambia siempre hacia una misma dirección. Si se presenta una excepción al cambio, siempre hay una ley que lo explica.
e) La segunda causa es de razón sicológica. Ahí se ubica la tendencia a la analogía. A saber, los hablantes agrupan palabras y frases por su semejanza en clases y después crean formas nuevas que enriquecen estas primeras clases. Esto explica las razones por las que no se da un cambio lingüístico –factores sociales o sicológicos-, y también las razones de las excepciones al cambio –préstamo o analogía.
f) No solamente la historia de la lengua debe ser explicativa, aunque la única explicación realmente importante es la histórica.

martes, 15 de mayo de 2012

Bateson, G. La nueva comunicación

Bateson Gregory, “Comunicación” [1971], en Wikin, Y., ed., La nueva comunicación, Kairós, Barcelona, 1987, pp. 120-150.




El texto, que es el capítulo introductorio de una obra mayor titulada The Natural History of an Interview (1971), presenta una serie de premisas y fundamentos teóricos que permiten al autor elaborar algunos planteamientos sobre cómo presupone que las personas se relacionan en el desarrollo de sus interacciones comunicativas.
Las premisas que Bateson retoma son las siguientes premisas freudianas:

1. Sólo ciertos elementos de la comunicación humana pueden acceder a la conciencia de los participantes. Respecto a esta premisa anota dos divergencias:
- Bateson considera que el inconsciente es una necesidad de la economía de las organizaciones jerárquicas de los procesos mentales. Mientras que para los freudianos lo no esperado era el inconsciente, Bateson argumenta que lo no esperado es que los sujetos hagan consientes sus procesos mentales; por tanto, “los sorprendente, y los que por tanto requiere una explicación, es el hecho de la conciencia” (p.124)
- Además considera que la naturaleza generalmente inconsciente de la comunicación no es relevante en un modelo de observación donde se tiene como tópico la comunicación entendida como proceso de intercambio comunicativo .

2. Ningún signo o señal en un mensaje es casual; sino que, en tanto sea parte de éste, todo signo o señal es susceptible de portar una significación (premisa del determinismo síquico[i]). Dentro de un marco de la comunicación interaccional, partiendo de esta premisa, Bateson postula el concepto de determinismo interpersonal; el cual supone que durante cualquier interacción comunicativa todo elemento, tanto lingüístico como kinésico, es determinante en el flujo comunicacional del intercambio.

3. Los mensajes, dentro de la complejidad del flujo, son elaborados a través de procesos primarios[ii].

4. Finalmente, recupera tres principios de esta teoría: de transferencia generalizada, de proyección y de identificación. La noción de transferencia generalizada alude a la existencia de un acto de fe en el sujeto, quien presupone que su receptor comprenderá correctamente lo que le ha comunicado pues asume en éste un interlocutor prototipo o histórico. Por su parte, la noción de proyección implica un involucramiento del alocutor; señala que el sujeto (A) se proyecta sobre éste (B) asumiendo que se comportará como él (A) se hubiera comportado en las mismas circunstancias. Finalmente, el principio de identificación apunta a la idea de que el sujeto (A) ajusta su comportamiento comunicativo en función de los rasgos que cree que son los principios de codificación de su alocutor (B).

Por otro lado, el autor recupera de la teoría de la forma la premisa sobre la percepción puntuada. La cual supone que los sujetos no perciben el mundo como un continuo sensorial, sino que los bloques de información que recibe son mapeados y luego entonces pueden determinarse unidades de significación y generarse la decodificación (tanto a partir de unidades percibidas, como por la ausencia de ellas [ejemplo del cielo estrellado, p.127]. La premisa admite que en principio un flujo de información se conforma de diversos niveles formales de composición, los cuales guardan una relación de composición interna (entre sus unidades formales) y fractal (entre niveles: tanto respecto a los niveles superiores -unidades mayores/composición, como respecto a los niveles inferiores -unidades menores/descomposición[iii]). Por otra parte, si bien el proceso de percepción es algorítmico, se asume que la decodificación no puede ser rígida; al contrario, puesto que la percepción se configura por gestalten un mismo flujo de información puede tener múltiples decodificaciones. Este hecho, menciona el autor, puede incluso representar un problema; a saber, cuál sería, dentro de las diversas posibilidades de análisis de un mensaje, la forma en que debería ser interpretado y lograr una significación adecuada: “serán posibles muchos análisis de este tipo, pero sólo uno representará la historia natural del organismo” (p.129).

Bateson resuelve al respecto que las posibles significaciones de un flujo de información, y en particular de las unidades de datos que lo componen, sólo pueden ser reducidas por el contexto. Para el autor, el contexto de una unidad dada será la gestalt de la que es parte[iv]. Al asumir que las gestalten se estructuran jerárquicamente [nota IV: palabra-frase] implica por consiguiente que cada nivel superior [la frase] satisface parcialmente la necesidad de una restricción de significado de las unidades en el nivel inferior [la palabra]. Ahora, si bien cada nivel superior puede hacer tal restricción, no es posible suprimir totalmente la ambigüedad pues siempre es latente la posibilidad de nivel mayor de gestalt. De ello resulta relevante la afirmación que hace el autor en el sentido que un conjunto mayor de datos aumentaría la certeza de una interpretación, pero nunca constituyen una demostración[v].

Bateson plantea que los principios de significación son operables para el flujo de datos lingüísticos y que aplican de igual modo para el flujo de datos kinésicos. Finalmente ambas modalidades confluyen de forma simultánea en la corriente comunicacional de una interacción y aportan sentido a ésta; por tanto no pueden ser concebidas como independientes. Aún más, propone el autor que los elementos de una modalidad, además de estar potencialmente modificados por otros elementos adyacentes de la secuencia a que pertenecen y por los otros niveles de gestalt (superior e inferior), pueden estar también modificados por elementos de la otra modalidad (una aserción modificada por un gesto, o viceversa). De ahí que uno de los propósitos del libro sea unir ambas partes y observar la relación entre sus elementos. Resulta fundamental que el estudio de esta relación exija situar los elementos o señales en contexto, no sólo dentro de la secuencia del flujo en que aparecen, sino específicamente dentro del contexto de la interacción. Esta es la verdadera propuesta de libro, la formulación de un análisis microscópico donde la comunicación rebase lo límites del léxico y de los movimientos corporales del sujeto para instaurarlos en un marco de interacción permanente con sus interlocutores, los objetos y el espacio (Véase la nota 1, p.134). La idea es fundamental en los planteamientos de Bateson, quien afirma que el marco interaccional es el que finalmente determina lo que cada interactuante dice y hace corporalmente.

Una vez expuestos los fundamentos y el planteamiento básico de la propuesta, Bateson sugiere que, bajo la idea de entender cómo dentro de una interacción comunicativa las personas se relacionan con los demás, si bien es importante definir cuándo la comunicación es afortunada en un intercambio, también resulta necesario observar cuándo la comunicación no funciona.

Para que la comunicación funcione, dice, los mensajes se producen y se comprenden según ciertas reglas o postulados de la comunicación que pueden ser explícitos o implícitos; pero que son convencionales. A pesar de ser convencionales, toda persona admite al momento de codificar mensajes una franja de incertidumbre que supone la necesidad de verificar cómo son recibidos por el destinatario para saber si han sido comprendidos como lo que fueron formulados. Comúnmente la comunicación proporciona medios que permiten a los interactuantes comunicarse a propósito de las reglas de la comunicación (metalenguaje); es decir, los sujetos tienen a su disposición recursos, estrategias, y marcas que guían la producción e interpretación de los mensajes, al igual que el esquema sobre el que se sostiene la interacción. De este modo, cuando una persona emite un mensaje lo complementa con señales sobre cómo debe la contraparte interpretarlo. Por consiguiente, la efectividad de un mensaje se mide en función de la respuesta que el destinatario dé. Si la respuesta es la esperada, la persona se contentará que su mensaje se interpretó dentro de los límites de su intención; además interpretará que, puesto que así ha sido, el receptor tiene una disposición favorable hacia su mensaje y hacia la relación comunicativa establecida. Si por el contrario las señales del receptor mostrarán que el mensaje no fue afortunadamente comprendido según la intención del emisor, éste modificará su actitud comunicativa. En ese momento, la relación de comunicación se ajustará y se establecerá en otros términos. Como consecuencia, la formulación e interpretación de mensajes se hará dentro del marco de la nueva relación [vi].

Bateson señala que los sistemas de convenciones que rigen el comportamiento comunicacional de los sujetos en sus relaciones con otras personas se adquieren en los procesos mismos de la actividad comunicativa. Siguiendo algunos planteamientos de la teoría del aprendizaje, el autor considera que la comunicación representa para el sujeto tanto una operación continúa de procesos de aprendizaje de las convenciones, como una cadena indefinida de contextos de aprendizaje. Según esta teoría todo aprendizaje se da en contexto y en grados: existe un grado I que supone que ‘algo’ se aprende (en contexto); y existe un grado II que supone que se aprende el ‘contexto de aprendizaje’ (de un conjunto de aprendizajes de ‘algo’). Dentro de un análisis de la adquisición de la competencia comunicativa -de las convenciones que rigen los intercambios- el aprendizaje supone entonces que cuando se establece una interacción comunicativa los sujetos no sólo aprenden señales de comunicación (Aprendizaje I: “aprender a recibir señales”, p.142), sino que además aprenden que estas señales predisponen una adecuación contextual (Aprendizaje II: “aprender la manera de aprender señales”, p.142). Asumir una conexión entre señal y contexto de ocurrencia no garantiza el establecimiento de la convención: lo que determina el aprendizaje es la frecuente recurrencia de la situación. A saber, el aprendizaje de la convenciones de la comunicación se instaura en los hábitos de la persona a fuerza de un efecto de acumulamiento de contextos de aprendizaje en el flujo comunicativo que mantienen con los demás a lo largo de su experiencia; es decir, a fuerza de repetición hasta establecer la señal dentro del sistema de convenciones (lograr un Aprendizaje II). De ello que el autor defina el aprendizaje como un cambio de carácter en el sujeto que puede ser explicado análogamente tanto como un cambio en los esquemas de previsión sobre acontecimientos futuros, o como un cambio en los hábitos de aprendizaje.

Bateson plantea que saber cuando la comunicación no funciona también aporta indicios sobre el funcionamiento de la comunicación. Para el autor una situación en la cual el sujeto no posee la competencia necesaria para entablar relaciones comunicativas con otras personas sugiere la presencia de una patología de la comunicación. Serían específicamente situaciones donde se presenta una divergencia irreparable en los sistemas de convenciones comunicativas; como, por ejemplo, casos de pacientes con esquizofrenia. El autor señala que la interacción comunicativa con los esquizofrénicos se caracteriza por la presencia de una ruptura del código. Reanalizando el esquema en que se dan los procesos de aprendizaje de los sistemas de convenciones platea que, análogamente como cualquier sujeto adquiere los sistemas de convenciones, los pacientes esquizofrénicos adquieren su código ‘diferente’ bajo el mismo esquema de aprendizaje que todo sujeto. Así, supone que una persona que padece una patología de la comunicación ha desarrollado tales convenciones patógenas a razón de la experiencia de contextos de aprendizaje patógenos. En los casos de estas personas, el análisis del flujo comunicacional y las relaciones de significación que éste guarda representan un terreno de identificación de los contextos patógenos y de la relación interpersonal en que se dio tal aprendizaje. La pertinencia que conocer el funcionamiento de la comunicación en las relaciones personales encuentra su aplicación en el análisis de las interacciones que mantienen pacientes con patologías de la comunicación a fin de dar soporte a un diagnóstico. Esto se facilita puesto que las convenciones de la comunicación son autojustificadoras; significa que las personas al producir mensajes crean discursiva y corporalmente las condiciones para llevar a su interlocutor a una confirmación de su sistema de convenciones (construirse a sí mismo y definir la naturaleza del significado de su mensaje y de los términos de la relación entablada: el ejemplo de la muralla china).

Antología de citas
“Trataremos de considerar cada detalle, ya se trate de una palabra, una entonación o un movimiento corporal, como si jugara su papel en la determinación del flujo continuo de palabras y de movimientos corporales que constituyen el intercambio entre personas” (p. 125).

“Ignoramos casi todos los procesos por los que nos fabricamos nuestros mensajes y los procesos por los que comprendemos los mensajes de los demás y respondemos a ellos. De ordinario, ya no tenemos conciencia de muchas de las características y componentes de los mismos mensajes. No observamos en qué momento nos llevamos el cigarrillo a los labios, cerramos los ojos o alzamos las cejas. Pero el hecho de que no prestemos atención a esos detalles de la interacción no implica que carezca de consecuencias en el curso de la relación” (p. 137)

“El diálogo no sólo tiene lugar entre personas y a propósito de las convenciones que establecen. Es también, y ello es más singular, un diálogo que rige lo que cada persona es. Cuando A efectúa a B unas proposiciones que éste último rechaza, este conflicto representa para A más que una simple sugerencia sobre la manera en que debe de codificar sus mensajes cuando se relaciona con B. En el lenguaje cotidiano, decimos que el amor de una persona es realzado o disminuido por las reacciones de los demás. O incluso decimos que se ve de manera diferente” (139).

“La aceptación de lo que he llamado una premisa de comunicación es el mismo fenómeno que la aceptación de un rol: es un cambio momentáneo o duradero de hábitos y de previsiones. Y el término ‘rol’ no designa más que una cierta fase de cambio de carácter, ya sea breve o duradera. Este término describe la estructura del comportamiento ofrecido por una persona dada en un contexto de aprendizaje que constituye un sistema de dos personas.” (p.145).

Apreciación
Pertinente que el planteamiento haga énfasis en que, puesto que la ambigüedad es inherente a la significación, la relación entre los participantes de un intercambio comunicativo no es estática y por ello siempre se tengan la necesidad de confirmar la efectividad de los mensajes emitidos. Resulta interesante que Bateson recupere la dimensión dialógica de las interacciones personales e insista en retomar la comunicación interaccional como una situación intersubjetiva y coercitiva donde la participación de los interactuantes está permanentemente modificada por la reacción del receptor en turno. Considero que el aspecto coercitivo de diálogo debe ser algo básico en el estudio sobre la comunicación interpersonal, donde la reacción del interlocutor representa, más que una sugerencia sobre la manera en que el emisor debe codificar los mensajes dentro de esa relación, una sugerencia sobre la manera como se construye ante éste. La comunicación es en todo sentido relacionarse con los otros, hablar con alguien y no de algo.

Este enfoque interdisciplinario considero que tiene su mayor valor en la atención que hace sobre la asimetría y la complementariedad de los intercambios comunicativos, cuya trascendencia evidentemente reaparece en nociones actuales sobre la interlocución, la pragmática y los contratos comunicacionales; nociones donde la comunicación se concibe como acción dialógica y retroactiva.

Notas

[i] El determinismo psíquico es un concepto del psicoanálisis que parte de que todo fenómeno psíquico tiene una causa y, por lo mismo, también la libre elección o decisión humana, en las que la causa es la fuerza del motivo más potente, o bien la situación interna psicológica determinada por todos los condicionamientos procedentes de la herencia, la biología, la educación, el temperamento y el carácter de la persona que decide o el inconsciente. Freud inicia su concepción teórica suponiendo que no hay ninguna discontinuidad en la vida mental; afirma que nada sucedía al azar; ni aun en el menor de los procesos mentales. Hay una causa para cada pensamiento (Internet Encyclopedia of Philosophy: http://www.iep.utm.edu/freud/#H3)
[ii] El proceso primario refiere a uno de los dos modos de funcionamiento del aparato psíquico. Freud describe que tópicamente el proceso primario caracteriza el sistema inconsciente; mientras que el proceso secundario, el segundo modo, caracteriza el sistema preconsciente-consciente. La oposición entre proceso primario y proceso secundario es correlativa de la existente entre principio de placer y principio de realidad Laplanche, Jean y Pontalis, Jean-Bertrand (1996). Diccionario de Psicoanálisis, Barcelona, Paidós, p.302).
[iii] Del mismo modo como un bloque de datos lingüísticos se conforma y estructura: ejemplo de las proposiciones que se descomponen en palabras, y palabras en letras; inversamente, las letras se componen en palabras y las palabras componen preposiciones (p. 129).
[iv] la palabra-unidad /mesa/ es parte de la frase-contexto /la mesa 5 se fue sin pagar/; por tanto la significación de /mesa/ se obtiene en función de la frase completa (su gestalt): la mesa refiere a ‘los ocupantes’.
[v] Ejemplo de Blue Peter: que sería algo como decir /Juan ya colgó los tenis/ = ‘¿murió?’; de donde un contexto mayor anularía la ambigüedad: /Juan ya colgó los tenis para que se sequen/.
[vi] Imagínese una situación donde una jefa le dice a su nuevo asistente el siguiente enunciado: “hace calor, deberíamos abrir la ventana para que se ventile aquí adentro”. En un contexto mexicano bajo un principio de cortesía muchas de las órdenes laborales dentro de una relación cercana son enunciadas indirectamente a través de un lenguaje deóntico (deber-hacer) proyectado en la primera persona del plural (nosotros) para minimizar la coerción del mandato. Así, el “deberíamos” supone una convencionalidad de cortesía que no sólo ejecuta la orden, sino que señala una regla de comunicación: ‘soy tu jefa, pero te comunico órdenes indirectamente para minimizar nuestra relación jerárquica’. Puesto que es una convención, la jefa esperaría la ejecución de la orden. La no realización de la orden por tanto supondría una no comunicación. Este hecho consecuentemente generaría una modificación en la actitud comunicativa de la jefa y de la relación comunicativa con su asistente: ‘soy tu jefa, he usado un lenguaje imperativo indirecto y cortés, como no has interpretado mi petición, ahora diré las ordenes directamente “abre las ventanas”.

jueves, 12 de enero de 2012

Identificar metáforas

Loewenberg, Ina (1981). “Identificar metáforas”. Tomado de Johnson, M. Philosophical Perspectives on Metaphor, University of Minnessota Press, pp. 154-181, Trad. Tatiana Lipkes Le Duc.


Ina Loewenberg presenta en este artículo una propuesta para poder identificar una clase específica de metáforas: aquellas  presentadas en forma de expresiones asertivas. Ante el hecho de que las metáforas no pueden ser identificadas por la estructura sintáctica de la oración que les da soporte, se cuestiona si acaso las metáforas podrían ser identificadas a partir de su forma semántica. La autora procese verificando la certeza de la afirmación inicial. Después, revisando ciertos fundamentos presentados en algunas teorías lingüístico-semánticas, verifica la factibilidad de una respuesta al cuestionamiento que se ha hecho. Tras analizar y realizar diversas críticas a la teoría semántica, lingüística y filosófica, elabora una serie de suposiciones sobre cómo identificar (en el sentido de tipificar) este tipo de metáforas. Las metáforas, concluirá, son oraciones “indicantes” bien formadas que como aseveraciones son falsas, y que una vez identificadas como metáforas tendrán un valor heurístico.
 
La suposición base es que las metáforas se identifican sólo en tanto que son expresiones metafóricas. Identificar una metáfora significa reconocer no sólo ciertos postulados de la expresión sino además la intención del hablante; y para ello el oyente requiere de un conocimiento extra a su conocimiento lingüístico. Recordando que la intención se halla indisolublemente ligada a los actos del discurso, la autora mostrará que las metáforas son expresiones que no se ajustan a la tipología searliana de los actos de discurso. Ante ello,  considerará  que, si bien las metáforas pueden ocurrir en oraciones ejecutando cualquier tipo de acto, es posible identificarlas, de modo general, bajo la estructura de un acto de lenguaje definido por condiciones particulares:  van a caracterizarse por a) ser afirmaciones ambiguas que pueden ser tomadas como verdaderas o falsas, y b) porque una vez consideradas en un plano de la expresión, como metáforas, no son ni falsas ni verdaderas, sino que adquieren un valor heurístico; es decir, su significado no es riguroso (como lo es el significado literal) porque depende de las creencias e intenciones del hablante. Esto significa que no es factible aceptar que las metáforas, en su literalidad, afirmen “presumiblemente algo”; o afirman o no afirman, y si afirman son falsas y no pueden ser usadas como postulados. A saber, al producir metáforas el hablante no pretende afirmar su visión del mundo pues asume de antemano que al no representar hechos verdaderos su expresión admite cierto rango de vaguedad. De este modo, la metáfora es una propuesta implícita hecha al oyente para que adopte su punto de vista. Bajo este planteamiento la autora propondrá caracterizar las metáforas como actos sugestivos cuyo propósito es proponer o promover visiones y creencias del mundo que, en tanto que pueden ser rechazadas o aceptadas, no necesariamente modifican nuestra visión del mundo.  Son ocho las condiciones para los actos sugestivos, de los cuales se observan los siguientes supuestos: a) los interlocutores están de acuerdo en que la expresión es falsa si se toma como afirmación, b) existe una intención del hablante (ser sugerente) y c) la intención del hablante puede ser aceptada o no por el oyente. Que sean reconocidas como postulados no verdaderos es una condición determinante para poder ser inidentificadas, pues sólo a razón de esto puede reconocerse la intención del hablante: la intención de ser metafórico.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Del confinamiento del uso del lenguaje a la ilocución



La noción de locutor se postula desde la emergencia saussureana de la lingüística como una instancia depositaria de una langue que no le pertenece, y de la que se aleja cada vez que realiza un acto de palabra. Posteriormente, el locutor será proclamado, vía sus derechos innatistas, propietario absoluto del lenguaje; algo relativo, ya que su condición de usuario, locutor tal cual, se idealiza, generaliza y universaliza –negación rotunda. Se encuentra muchas veces en la literatura lingüística el reclamo de un locutor en pleno uso del lenguaje; además de un otro que lo acompañe en su hablar al vacío.

La pragmática se ha propuesto como un campo para reivindicar al primer personaje, e instaurarle, a través de un entorno contextualizado, ese co-participante; la pragmática se interesa por definir los principios que “regulan el uso del lenguaje en la comunicación, es decir, las condiciones que determinan el empleo de enunciados concretos emitidos por hablantes concretos en situaciones comunicativas concretas, y su interpretación por parte de los destinatarios” (Escandell, 2003: 16). Considero que la tentativa de este campo no hace justicia al usuario del lenguaje tal cual, ni a su ahora acompañante, pues persiste una tendencia de confinarlo, mediante la normatividad conversacional, en la misma posición de locución, central y constante, en que ha sido confinado por Saussure y Chomsky. La pragmática es un enfoque ilocutario, en lengua, relacionado exclusivamente con un esquema unívoco de contexto de uso conversacional del lenguaje que, incluso con la postulación del alocutor benvenisteano, no captura la dinámica de la interacción verbal, ni la definición necesariamente equitativa de los sujetos del acto de lenguaje. De modo que, encuentro la propuesta de trabajar con actos de habla, proposiciones o “enunciados” inaplicable al estudio de los productos discursivos sociales, materia prima de un analista del discurso. A continuación señalaré, brevemente, tres puntos de distanciamiento que deben tenerse en cuenta si como investigadores pensamos posicionarnos en el campo interdisciplinario del análisis del discurso.

Un primer aspecto es el reduccionismo sobre el término “enunciado”, y sobre la relación entre el hablante y su destinatario; hechos que  restringen en mucho el aspecto activo del lenguaje. La teoría de los actos de habla, por ejemplo, sugiere que hablar es hacer y que cada enunciado está dotado de una intencionalidad que persigue de algún modo tener alcance sobre un destinatario. Si bien el acto de habla se constituye inherentemente de tres dimensiones, locutiva, ilocutiva y perlocutiva, el término enunciado es entendido ahí como la realización física de una oración en acto locutivo. Supone sí, gracias a su dimensión ilocutiva, un destinatario; pero es un hecho que sólo lo supone, ya que no necesariamente el enunciado, ni su fuerza ilocutiva, terminan en el destinatario (sólo se tiene la intención). Es posible sí, que la perlocución ocurra. A pesar de ello, ésta tampoco determina por sí misma ninguna clase de interacción comunicativa. Así que, suponiendo incluso que las condiciones de realización del enunciado fueran las adecuadas y éste resultara afortunado, entonces ahí mismo se cumpliría la teoría y todo terminaría porque no se plantea en ningún modo alguna operación “burbuja”, que como en los video juegos permita ‘continuar jugando’ (volver a empezar). Operación que además tiene la fortuna de que no se pierden los puntos ganados; es decir, no se recomienza el juego, sino que se está continuando (recuerdos de mis días de estudiante informático). Los actos de habla no pueden tener puntos previos, ni acumular puntos. Los enunciados no tienen continuidad. Cada vez que se genera un enunciado, éste emergerá de un hablante dentro de un contexto estético, fotográfico, donde se bautiza un barco o se abre una sesión de un juicio (presuponemos que por ahí anda el destinatario). Al mantener la constante de una instancia de locución que concreta acústicamente oraciones independientes adecuadas a una situación comunicativa, la teoría de los actos de habla se halla confinada a actos de habla individuales. Siendo que la comunicación es una actividad de co-elaboración en la marcha donde los participantes operan interactuando entre diferentes actos constitutivos, y entre el discurso y diferentes contextos (Bajtín 1976; Macovsky 1997).

Resulta de este señalamiento un segundo aspecto que refiere al carácter unidireccional y mecanicista del uso del lenguaje. Un hecho que sugiere preguntarse qué debe entenderse por “el uso del lenguaje en la comunicación”. Dentro del análisis del discurso y la comunicación, al adentrarse en el funcionamiento del lenguaje, es de rigor lingüístico mencionar el trabajo de Jackobson (1960) sobre las funciones del lenguaje, en el cual descentraliza al emisor y lo convierte en uno de los puntos suceptibles hacia el cual el enunciado puede focalizarse (puntos donde le concede además terreno a la figura del destinatario). Sin embargo, es Benveniste quien, superando la dicotomía saussureana langue/parole, introduce una tercera categoría donde el lenguaje se plantea en su aspecto activo: el discurso (hay quienes señalan a Bally (1932). Los enunciados del discurso no son ni oraciones (langue), ni actos de habla (parole), sino actos enunciativos que emergen porque el locutor se apropia de la lengua y la pone en uso, implantando inherentemente ante él un tú alocutor. A saber, cuando un individuo habilita la palabra lo hace dirigiéndose ante una instancia alocutoria, el tú (Benveniste, 1977: t.I, p.175). La propuesta de Benveniste deja ver que, si bien los participantes se definen por una aparente simetría, la interlocución no resulta equitativa ya que una vez actualizada la instancia enunciativa emerge un nuevo sujeto enunciativo yo y por ende una nueva configuración de los demás indicadores deícticos: alocutor, tiempo, espacio, modos, etc.


      “Acontece una cosa singular, muy sencilla e infinitamente importante que logra lo que parecía lógicamente imposible: la temporalidad que es mía cuando ordena mi discurso es aceptada del todo como suya por mi interlocutor. Mi “hoy” se convierte en su “hoy”, aunque no lo haya instaurado en su propio discurso, y mi “ayer” en su “ayer” (Benveniste 1977: t. II, p.79)

Una interacción conversacional, que es la base del uso del lenguaje, no se concreta aquí pues, al fin y al cabo, la lengua sólo posee un sistema de alineación para los indicadores de referencias deícticas: la posición de locutor. Bajo este sentido la instancia de discurso representa tan sólo la evidencia más objetiva de la subjetividad de los usuarios del lenguaje y de su inscripción en sus propios enunciados. Pero al tratar la dimensión de esa individualidad actualizada en la instancia de discurso, el autor está proponiendo que la subjetividad, en tanto que es lenguaje en uso, está fundamentada sobre todo en la condición de alocución; es decir, en la relación establecida dentro de este marco donde el sujeto se define como “ego”. El uso activo del lenguaje se encuentra reducido por Benveniste al yo performativo de Austin, regresando con ello a la función constante de la ilocutividad, donde la polaridad de las personas “tal es en el lenguaje la condición fundamental, de la que el proceso de comunicación, que nos sirvió de punto de partida, no pasa de ser una consecuencia del todo pragmática.” (Benveniste, 1977: t.I, p. 181). Es permisible observar en la oposición locutor/alocutor al menos una consecución temporal, pero es un hecho que no se rompe con la lingüística de la locución, del acto de habla individual.

Un último punto que señalaré es acerca de las limitaciones que encuentro sobre los “principios que regula el uso del lenguaje en la comunicación” (sigo tomando la cita de Escandell), los cuales no pueden ser llevados a una dimensión real del uso del lenguaje, la cual es caótica y se desarrolla en una serie de actos que se constituyen en una base dialógica pluridireccional. El problema se prescribe nuevamente desde la teoría de los actos de habla y el planteamiento del hablante que es construido como en su individualidad como un ente que procesa información por pasos, a saber en vistas de proponer la universalidad de una función ilocucionaria (teoría de la relevancia). Si bien se pretende tratar los actos de habla en “contexto”, la tendencia no concibe que esos actos sean constitutivos de cuerpos discursivos mayores y contextos de significación mayores; como puede ser el caso de una noticia en prensa -corpus con el cual trabajo en mi actual investigación de maestría. La noticia, es un hecho, representa un uso del lenguaje irreducible a actos de habla porque en su totalidad es un cuerpo que responde a una lógica de comunicación diferida donde los significados no se corresponden con intenciones particulares de hablantes u oraciones individuales (posiblemente ni la lógica de la conversación cara a cara se aproxima a eso). Cada fragmento discursivo en la noticia es una acción de significado que definirá una actividad compleja, que es sobre todo colectiva y estructurada por niveles de contextualización y significación. El texto informativo no puede quedarse en un nivel de intencionalidad epistémica o racional bajo ningún principio de cooperación griceano o de otro tipo, pues en sí el uso del lenguaje está determinado por la actividad global de la información. Así por ejemplo, Charaudeau (2006) señala que la finalidad de la noticia es “hacer-saber”, y ese but (propósito) no se halla en el cuerpo discursivo, sino en el hecho de informar, en el juego complejo de la actividad informativa (esto lo asumo yo).

Un cuerpo discursivo, una noticia en prensa por ejemplo, retiene en sí mismo un fin comunicativo (proyecto, meta o contrato, como sea llamado) que se halla imbricado dentro de la lógica de otros fines comunicativos, e inversamente imbrica los suyos mismos. Puesto que es así, podemos suponer que entonces hay innegablemente niveles de imbricación de los fines comunicativos que funcionan en correlación con niveles de contextualización para generar de igual forma niveles de significación. A este respecto refiero a Bateson (1971) quien, retomando de la teoría de la forma la premisa de la percepción punteada, así como los planteamientos de la teoría de la gestalt, propone que los cuerpos de información se conforman de diversos niveles formales de composición, los cuales guardan una relación de composición interna (entre sus unidades formales) y fractal (entre niveles: tanto respecto a los niveles superiores -unidades mayores/composición, como respecto a los niveles inferiores -unidades menores/descomposición ). En ambos niveles, las posibles significaciones de un flujo de información, y en particular de las unidades de datos que lo componen, sólo pueden ser reducidas por el contexto. Para el autor, el contexto de una unidad dada será la gestalt de la que es parte. Al asumir que las gestalten se estructuran jerárquicamente  implica por consiguiente que cada nivel superior  satisface parcialmente la necesidad de una restricción de significado de las unidades en el nivel inferior. Ahora, si bien cada nivel superior puede hacer tal restricción, no es posible suprimir totalmente la ambigüedad pues siempre es latente la posibilidad de nivel mayor de gestalt. De ello resulta relevante la afirmación que hace el autor en el sentido que un conjunto mayor de datos aumentaría la certeza de una interpretación, pero nunca constituyen una demostración (Bateson, 1987: 132). Siguiendo estos planteamientos, considero que necesariamente el paso de los actos de habla pragmáticos a los actos de discurso conlleva un desplazamiento en el foco del contexto a fin de que se permita pasar de la acción individualidad a la inter-acción; y por tanto de la intencionalidad demostrable a la responsabilidad interpretable, como señala Linell, quien refiere que Durati llega a la misma conclusión (Linell, 1998: 211). Se tendría tal vez que definir, de modo como Bateson define para la noción “contexto” y “significación”, una estructuración de fines por nivelaciones paralelas a las gestlaten, donde posiblemente la intencionalidad austiana estaría en el nivel más bajo (pragmático, duro y lingüístico), y el contrato charaudeaudiano en el nivel más alto (de las esferas de actividad social); todo dentro de un continuum que iría de los puramente contextual-semántico, pasando por el co-texto, etc., y hasta lo contextual situacional. Podría ser. Es quizás una dispersa e incolora propuesta, pero apunta a que se uniría el puente entre una pragmática lingüística de la ilocución y una teoría del uso del lenguaje en interacción viviente.

De momento reafirmo lo dicho, encuentro que la pragmática no hace justicia ni al locutor tal cual, ni a su ahora acompañante en lo que el uso del lenguaje conlleva dentro de la práctica concreta. El uso del lenguaje en la comunicación requiere capturarse en la totalidad de una dinámica incesante y plural, donde no se habla de algo ni a alguien, sino que se habla con alguien; entre alguien y alguien. Considero que la comunicación debe ser ante todo el diálogo circular y retroactivo, donde enunciador y destinatario tiene el mismo papel de acción y reacción sin fomento alguno a la “regla” conversacional.

Bibliografía

Bakhtine, M. (1977). Le marxisme et la philosophie du langage, Paris, Les Editions de Minuit.

Bateson, Gregory (1971) “Comunicación”, en Wikin, Y., ed., La nueva comunicación, Barcelona, Kairós, 1987, pp. 120-150.

Benveniste, É. (1997). Problemas de lingúística general I y II. México, Siglo XXI editores.

Charaudeau, P. (2006). “El contrato comunicativo en una perspectiva lingüística: Normas psicosociales y normas discursivas”, en Opción, abr. 2006, vol. 22, no. 49, p. 38-54.

Escandell, M. V. (1993). Introducción a la pragmática, Barcelona, Ariel.

Jackobson, Roman (1960) “Lingüística y poética” en Ensayos de lingüística General, Barcelona, Ariel, 1984, pp. 347-395.

Linell, P. (1994). Approach Dialogue: Talk, interaction and context in dialogical perspectives, Philadelphia, Jhon Benjamins B.V.

Macovski, Michael. (1997). Dialogue and Critical Discourse, Nueva York, Oxford University Press.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Los niveles del análisis lingüístico


Benveniste, Èmile, “Los niveles del análisis lingüístico” [1964], en : ________, Problemas de lingüística general I, Siglo XXI Editores, México, 1976 [1966]; y “La forma y el sentido en el lenguaje” [1967], en idem, vol.II, 1977 [1974]


“Los niveles del análisis lingüístico” es un artículo donde el lingüista francés E. Benveniste analiza los diferentes niveles en que la lengua se estructura y articula formalmente. El autor plantea que la noción de nivel podría dar respuesta a diversas interrogantes en el campo del análisis lingüístico, específicamente: cómo definir y delimitar formalmente un hecho lingüístico, y cuál sería el procedimiento adecuado para hacerlo.

Benveniste propone un procedimiento para definir los niveles del sistema lingüístico, el cual está  fundamentado en dos hechos del lenguaje: tiene la propiedad de ser doblemente articulado y sus elementos son discretos al mantener tanto relaciones distribucionales, como integrativas. Para categorizar los niveles lingüísticos e identificar sus unidades formales, sugiere aplicar un procedimiento distribucional, que consiste en segmentar elementos dentro de una línea enunciativa y consecuentemente verificar su identificación a razón de que admitan, dentro de tal contexto sintagmático, la posible sustitución por otros elementos lingüísticos del mismo paradigma. El autor identifica cuatro niveles de la estructura lingüística: el nivel de los rasgos distintivos, el nivel de los fonemas, el nivel de los signos y el nivel de las frases o categoramas. Durante el proceso de categorización de las unidades de cada nivel, observa que las operaciones de segmentación y sustitución no tiene el mismo alcance sobre cada uno. Así por ejemplo, el nivel de los rasgos distintivos contiene unidades que pueden ser sustituibles, pero no segmentables. Y, de modo contrario, el nivel de frase contiene unidades que pueden ser segmentable,s pero no someterse a la operación de sustitución ya que no son distintivas.

Benveniste observa igualmente que un procedimiento distribucional presenta una limitante metodológica pues no da cuenta de las relaciones que las unidades lingüísticas mantienen con los elementos de otros niveles. A saber, este es un aspecto de vital importancia en la descripción del hecho lingüístico ya que las unidades lingüísticas no sólo mantienen relaciones sintagmáticas y paradigmáticas, sino que además tienen la propiedad de poder ser integrantes de unidades de nivel superior, e inversamente estar compuestas por unidades de nivel inferior, o constituyentes. Una unidad adquiere su formalidad y su valor distintivo, o sentido real, dentro del sistema lingüístico porque puede sostener relaciones de integración -ser identificada como integrante dentro de otra unidad superior. La relevancia de mantener una distinción entre las unidades como constituyentes y como integrantes tiene por tanto importantes consecuencias en la relación forma-sentido.

Benveniste propone que la reducción de una unidad lingüística a sus constituyentes delimita su constitución formal. En modo inverso, la integración de la unidad en un elemento de nivel superior, define su sentido. Ambas propiedades son insolubles en el funcionamiento de la lengua como sistema. A pesar de ello, al igual que las operaciones de segmentación y sustitución, las relaciones de integración y constitución tienen diferente alcance en cada nivel. Así, los rasgos distintivos no están conformados por constituyentes; tan sólo pueden ser definidos como integrantes. Del otro lado, la frase sólo puede ser definida por sus constituyentes, pero no como integrante. Como consecuencia de que la frase no tenga ni la virtud de establecer relaciones de distribución, ni mucho menos de funcionar como integrativa, Benveniste la ubicará en el dominio del uso de la lengua; es decir, fuera del sistema. La frase, dice, cumple sólo una función proposicional; sea esto, ser predicado. Y esa es una propiedad fundamental, no una unidad distribucional ni constitutiva; por tanto la frase pertenece al terreno del discurso.

En el artículo de “La forma y el sentido en el lenguaje”, Benveniste profundiza en el análisis de las nociones de sentido y forma. Partiendo de la idea de que el lenguaje es, más que un instrumento de comunicación, un medio de elaboración de la significación, el autor desarrolla una discusión sobre el concepto de signo concebido como unidad semiótica. Esta unidad, señala, encierra una doble relación con el sistema lingüístico: por un lado, el signo es significante; y por el otro, participa en un orden semiótico, es decir, significa. Desde esta perspectiva el signo debe ser categorizado tanto por su forma, como por su sentido. Como significante, el signo posee la posibilidad latente de su materialidad expresable. Esta posibilidad es pertinente en tanto que cumple la función de hacer al signo una unidad distintiva dentro del sistema. Por su parte, el signo como sentido se construye en la red de relaciones y oposiciones paradigmáticas en las que éste participa dentro del sistema. En general, tanto como forma significante, o como sentido, el signo se satisface necesariamente en la identificación que obtiene dentro de la lengua. Siguiendo esta caracterización, Benveniste reafirma el hecho de que los signos se ubican al interior de la estructura lingüística.

La segunda discusión que Benveniste desarrollo gira en torno a la definición del estatus de la frase. La frase es un hecho lingüístico que se ubica en el uso del lenguaje. Siendo así, la frase obtiene su sentido necesariamente en la particularidad en que es usada y dentro de una situación específica de enunciación. La propuesta de Benveniste apunta a diferenciar dos dimensiones del lenguaje. Indica que, por un lado, la semiótica concierne a la dimensión de lo signos. Mientras que, por el otro, la semántica concierne a la dimensión de la frase (p. 225-228). Para el autor la semántica es en sí la actividad lingüística puesta en marcha donde los signos se desprenden de su aspecto conceptual y genérico para devenir ‘palabra’ articulada a merced del hablante, quien finalmente busca comunicarse en su experiencia propia (sus ideas) a través de un mensaje.

Citas:
“La noción de nivel nos parece esencial en la determinación del procedimiento de análisis. Sólo ella es adecuada para hacer justicia a la naturaleza articulada del lenguaje y al carácter discreto de sus elementos” (Tomo I, p. 118).

“Tal es, en pocas palabras, el método de distribución: consiste en definir cada elemento por el conjunto de los alrededores en que se presenta, y por medio de una doble relación, relación del elemento con los demás elementos simultáneamente presentes en la misma porción del enunciado (relación sintagmática); relación del elemento con los demás elementos mutuamente sustituibles (relación paradigmática)” (Tomo I, p.119).

“Podemos formular pues las definiciones siguientes:
La forma de una forma lingüística se define como su capacidad de disociarse en constituyentes de nivel inferior
El sentido de una unidad lingüística se define como su capacidad de integrar una unidad de nivel superior” (Tomo I, p. 125)

“La lengua tiene dos maneras de ser lengua en el sentido y en la forma. Acabamos de definir una, la lengua como semiótica; hay que justificar la segunda, que llamamos la lengua como semántica “ (Tomo II, p.226).

“El sentido que ha de ser portado o, si se quiere, el mensaje, es definido, delimitado, organizado por la mediación de las palabras; y el sentido de las palabras, por su parte, es determinado por la relación con el contexto de la situación “ (Tomo II, p. 229)

La sujetividad en el lenguaje


Benveniste, Èmile, “La naturaleza de los pronombres” [1956], y “De la subjetividad en el lenguaje” [1958], en : ________, Problemas de lingüística general I, Siglo XXI Editores, México, 1976 [1966]. y “El lenguaje y la experiencia humana” [1965] , en idem, vol.II, 1977 [1974].


En estos artículos Èmile Benveniste desarrolla los fundamentos del fenómeno de la subjetividad en el lenguaje. La idea principal resume que el lenguaje contiene categorías lingüísticas que permiten a los usuarios del lenguaje construirse como sujetos discursivos e inscribirse dentro de sus propios enunciados. El autor identificará algunas de estas categorías y analizará cómo se manifiesta la subjetividad del hablante.

Existen en el lenguaje ciertas categorías que, si bien se hallan en los inventarios de las lenguas, su estudio y descripción sólo es posible definir a través del uso propio del lenguaje. Estas categorías discursivas sirven como indicadores de la subjetividad de los usuarios del lenguaje ya que les permiten no sólo construirse dentro de una situación de alocución en relación a los otros, sino además dimensionar el espacio, el tiempo y la ubicación de los objetos a partir de su experiencia. Formalmente las categorías discursivas son diferentes a otras categorías gramaticales; aunque lo que en realidad marca una diferencia son sus particularidades pragmáticas. Los pronombres yo y tú, por ejemplo, organizan su referencia en torno a una situación concreta de alocución. Ahí, yo se refiere al locutor y tú se refiere a alocutor. Del mismo modo, los adverbios de temporalidad organizan su referencia a partir del presente marcado por el acto mismo de anunciación; dentro del cual el presente se refiere y actualiza a todo momento de habla. Este proceso en el que una categoría gramatical establece su referencia por asociación a la instancia de discurso actual es llamada deixis. En este caso, la unidad discursiva cumple una función de indicador; así, y yo son indicadores que refieren a las posiciones de persona inherentes del acto de alocución. Otras categorías como los pronombres demostrativos, algunos adverbios de lugar o tiempo, las desinencias verbales de tiempo, o ciertos verbos modales y verbos de ‘palabra’ conjugados en primera persona cumplen igualmente funciones deícticas; es decir, establecen su referencia por asociación a la presente instancia de discurso, la cual contienen el indicador de persona yo.

Benveniste señala que estos elementos categoriales se destacan por no tener una referencia fija en la realidad material, sino por actualizarla ante cada nueva instancia de discurso. Cada vez que un individuo hace uso del lenguaje se instituye como yo, inherentemente implanta ante él un . Y al mismo tiempo se alinean los indicadores de tiempo y espacio a esa producción discursiva. Así, en el aspecto relativo de la situación de enunciación, surge el sujeto enunciativo dando sentido a su experiencia subjetiva dentro de un marco de intersubjetividad donde asume la lengua por cuenta propia. Con ello Benveniste concluye que el lenguaje no es únicamente un sistema de signos; queda de manifiesto que es ante todo el principal recurso de la construcción subjetiva.

Al tratar la dimensión de esa individualidad actualizada en la instancia de discurso, el autor afirma que la subjetividad, en tanto que es lenguaje en uso, está fundamentada sobre todo en la condición dialógica de la situación de alocución; es decir, en la relación establecida dentro de este marco donde el sujeto se define como “ego”. A saber, cuando un individuo habilita la palabra lo hace dirigiéndose ante una instancia alocutoria, el , alternando recíprocamente la instancia de producción discursiva donde el locutor pasa a ser alocutor y el alocutor el locutor. Benveniste señala que si bien las partes se define por una aparente simetría, la relación no es equitativa ya que una vez actualizada la instancia enunciativa emerge un nuevo sujeto enunciativo yo y por ende una nueva configuración de los demás indicadores: alocutor, tiempo, espacio, modos, etc. Al fin y al cabo, la lengua sólo posee un sistema de alineación para los sistemas de referencias deícticas: la posición de locutor. Bajo este sentido la instancia de discurso representa la evidencia más objetiva de la subjetividad de los usuarios del lenguaje y de su inscripción en sus propios enunciados.


Citas


“La importancia de su función [de las formas “pronominales”] se medirá por la naturaleza del problema que sirvan para resolver y que no es otro que el de la comunicación intersubjetiva. El lenguaje ha resuelto este problema creando un conjunto de signos “vacíos”, no referenciales por su relación a la “realidad”, siempre disponibles, y que se vuelven “llenos” no bien un locutor los asume en cada instancia de su discurso” (Tomo I, p.175)


"El lenguaje no es posible sino porque cada locutor se pone como sujeto y remite a sí mismo como yo en su discurso. En virtud de ello, yo plantea otra persona, la que, exterior a todo “mí”, se vuelve mi eco al que digo tú y me dice tú. La polaridad de las personas, tal es en el lenguaje la condición fundamental, de la que el proceso de comunicación, que nos sirvió de punto de partida, no pasa de ser una consecuencia del todo pragmática.” (Tomo I, p. 181)


“Acontece una cosa singular, muy sencilla e infinitamente importante que logra lo que parecía lógicamente imposible: la temporalidad que es mía cuando ordena mi discurso es aceptada del todo como suya por mi interlocutor. Mi “hoy” se convierte en su “hoy”, aunque no lo haya instaurado en su propio discurso, y mi “ayer” en su “ayer” (Tomo II, p.79)


“Hay enunciados de discurso que, a despecho de su naturaleza individual, escapan a la condición de persona, o sea que remiten no a ellos mismos, sino a una situación “objetiva. Es el dominio de lo que se denomina la “tercera persona” (Tomo I, p. 176)